jueves, 17 de septiembre de 2015

Septiembre

En su casa hay pinturas de pinceladas bruscas. Los cuadros son de ollas vacías, de frutas que ya están secas. Los pintó ella una vez y él las tiene en su casa, colgadas en la escalera. Hay otras fotos que no sé si son fotos o venían con el marco, pero tienen caras de animales y montañas. Mi abuela también tiene de esos, los compra en la feria y los pone frente al lavaplatos. En la casa de mi abuela hay frascos con flores y en la suya hay botellas con plantas medicinales que también son de la feria.

En el día no hay nada. En el día hay pocas cosas que me gusta recordar.

Cuando me llamó yo estaba durmiendo pero me desperté. Escucho las palabras como si fueran una broma, y pienso en que el libro que te di huele exacto como las hojas de diario viejo bajo el sol en el verano: las páginas amarillas y arrugadas, en un rincón de la pieza que no se puede ver. Tomo la flauta entre mis manos y veo el mango gastado, la boquilla mordida y me da asco, pero intento tocar unas notas. Salen todas desafinadas. La flauta no es mía ni es lo mío.

El techo está a la misma altura de siempre.

Esta brisa es igual a la del año pasado. La tierra no varía: más húmeda o con más piedras. Las almendras no llegan, las nueces siguen como hace dos semanas. La flauta no es mía y nunca se la devolví a la persona que le correspondía, porque ya no la veo y no creo que recuerde que tengo su flauta; porque ya no toca la flauta. Ya no toca nada.  Acá nadie la toca, está (también) en un rincón de la pieza que no se puede ver. Un rincón del que nadie se acuerda hasta que se ordena la casa.

Su casa está siempre ordenada. Cuando voy yo no hay papeles en el piso, no hay tazas ni platos ni envoltorios de dulces que alguien se comió. Hay olor a plantas podridas, a veces: siento la menta que se enfermó y que también compré en la feria. Se llenó de puntos blancos, las hojas verdes repletas de peste.

Los perros que persiguen las ruedas en septiembre se olvidan y miran al cielo. Un mes así yo también me olvidé de mirar hacia abajo y no vi la planta que se pudrió, no vi que su pieza estaba desordenada, no vi que las plantas también se enfermaban.

Cuando desperté escuché su llamada, o me llamó y en ese momento desperté. Escuché todas las cosas en tono de broma, pero miré al techo y ya no estaba a la misma altura.  La almohada se da vuelta y mi cabeza también, ya no sé donde mirar sin marearme ni pensar en que cuando más quiero que lo veas es cuando menos lo vas a ver, en la menta podrida y en la flauta desafinada, en pensar en la enredadera en el jardín nuestro bajo el sol quemándose como la hoja de diario en el verano. 

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